Protesta radical
1/20/2006
Por Enrique Ayala Mora

Desde hace mucho tiempo no se había dado una protesta tan radical de los estudiantes como la que se ha registrado en Quito y otras ciudades en los últimos días.

También las proporciones de la represión policial han sido grandes. La prensa ha destacado que ciertos sectores de la Capital se han inundado de gases lacrimógenos por horas. Las actividades y el tráfico se han interrumpido. Ha habido actos vandálicos a bienes públicos y privados. La respuesta de la Policía Nacional se ha dado también en proporciones duras, a veces con  agresión y golpes.

Felizmente, hasta que se escribe este artículo no se han dado heridos graves o, peor aún, uno o varios muertos. Debemos congratularnos, porque quiere decir que hay límites en la violencia de parte y parte. Pero al paso que vamos, podría ser que en cuestión de días o quizá de horas, esos límites  se desborden . La intensidad de los enfrentamientos puede llevar a situaciones extremas.

La intensidad de la protesta estudiantil ha sido alta. Y eso no puede explicarse por el consabido lugar común de que los jóvenes son manipulados o que determinado partido político, a través de los profesores, los lanza a la violencia sin causa. Hay que buscar los verdaderos motivos de fondo de la situación.

En primer lugar, hay causas inmediatas. Los jóvenes tienen derecho a exigir que se les entregue el carné estudiantil, que se les ofreció hace ya años y por el cual, incluso, algunos ya han pagado. Felizmente el ministro de Educación, Raúl Vallejo, que heredó un pésimo manejo del asunto, ha encontrado ya una solución práctica y rápida para el problema. También los estudiantes tienen la razón de reclamar por una anunciada alza de pasajes, que ya el Gobierno, en buena hora, ha desmentido.

Pero hay otras causas más permanentes de protesta. Se ha anunciado que el Gobierno va a suscribir en las próximas semanas el TLC con EE.UU. Y hay noticias de que se intensificó la presencia de nuestras tropas en la frontera norte, con los costos económicos y humanos que ello implica.

No sólo los jóvenes sino la sociedad ecuatoriana toda deben reclamar porque el país va a aceptar el tratado internacional de mayor trascendencia de su historia, con normas, especialmente sobre intercambio de productos agrícolas y sobre propiedad intelectual, que le son palmariamente desventajosas.

También hay motivo para decirles a los mentores del Plan Colombia que no estamos de acuerdo con que usen a nuestro país  como una pieza de la violencia ajena.

Claro que si a un muchacho que protesta en las calles se le pregunta sobre la naturaleza del TLC o el Plan Colombia, a lo mejor no podrá contestar. Pero eso no significa que él y su familia no sientan que las obligaciones que se le imponen al país van a tener, o ya tienen, consecuencias de alzas de precios, desempleo y mayor miseria.

La protesta estudiantil tiene fundamentos. Nadie puede estar de acuerdo con los excesos de la violencia o la represión, pero es una necedad no ver en ella la legítima reacción de un pueblo. La sociedad ecuatoriana ha estado sometida por más de veinte años al empobrecimiento y el desempleo, provocados por la aplicación  de recetas neoliberales.

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